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Política Venezuela

Chavez es un producto típicamente latinoamericano, típico de esas zonas de sombra del capitalismo, regiones del globo en el que el único modelo económico posible en este momento de la civilización que nos ha tocado en suerte no acaba de arraigar o funcionar. No acaba de arraigar, por las razones que sea, y seguro que son complejas.

Chavez sólo es posible en una región del mundo donde la vieja divisoria izquierda/derecha se encuentra todavía nítidamente presente en el primer plano del lenguaje, en el argumentario político. Lugares del planeta donde unos y otros -la clase política- se lanzan a la cabeza mitologías. Chavez sólo es posible en Venezuela, sólo en Latinoamérica, ciertos zonas. Chavez, capaz de tocarle la cresta a EEUU o llamar a Fox (presidente de Mexico) cachorro del imperialismo. Y quedarse tan ancho. Y recibir aplausos, no pocos de ellos procedentes de Europa, de ciertas poltronas izquierdistas. Chávez: alguien que tras 1989 pretende todavía plantarle cara al capitalismo. Pero este alguien, este Chávez tiene en su territorio algo esencial para el capitalismo, su funcionamiento, sus sacerdotes: Chavez tiene petroleo.

Chavez, su fraseología anticapitalista. Sólo es posible en un país con petroleo, un pais capaz de costearse su independencia, en la medida que esa independencia es posible en un mundo esforzadamente global.

La sombra de Hugo Chavez sobrevoló la política venezolana desde los años ochenta. Su intentona golpista de 1992 no hizo sino incrementar su popularidad. A lo largo de la década, su imagen fue ensanchándose en el imaginario de Venezuela. Hasta el punto de que acabó logrando -en las urnas laboriosas- lo que no le dio su golpe frustrado. En 2002, hubo un intento de derrocarlo. Uno de esos movimientos tan sospechosamente habituales siempre que surge un mandatario contrario explícitamente a los intereses estadounidenses o al capitalismo ortodoxo.

Chavez irrita a EEUU; Chávez se aprovecha de la impopularidad de EEUU en Latinoamérica y su desgraciada historia de intervencionismos subterráneos. Los derrocamientos de gobernantes opuestos a la voluntad política y empresarial estadounidense, la intromisión permanente y oscura. Sí, Chávez se beneficia de un historial de políticas deshonestas, de la evidencia de la rapacidad norteamericana, y de la incapacidad del capitalismo -sea quien sea el culpable, quizá el propio capitalismo, su propia filosofía- de arraigar con eficacia en el subcontinente, de llevar el desarrollo y la calidad de vida a los países del sur de las Américas.

Chávez es un producto de muchas cosas. Del petroleo. Del atraso latinoamericano, de sus tozudas problemáticas. De la incapacidad del capitalismo para desplegarse por el mundo de una manera mínimamente justa, o suave. De la actitud de los gobiernos norteamericanos, el trato otorgado a Latinoamérica, su patio trasero.

Chavez se ha erigido en un auténtico líder regional, y en un apóstol de la siempre aplazada integración latinoamericana. Un personaje complejo, con no pocas luces y bastantes sombras.

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